Un estudio reciente concluye que el Homo sapiens había aparecido ya hace al menos 260,000 o 350,000 años. Eso se corresponde con un hallazgo de fósiles en Marruecos reportado en junio de 2019, según el cual nuestra especie había emergido hace alrededor de 300,000 años. Ergo, el ser humano logró llegar al siglo 21 a este nivel de subsistencia gracias a su adaptabilidad, no obstante es menester aludir que, desde la aparición del hombre como lo conocemos hoy, existe una cifra incalculable de vidas humanas que han tenido que padecer tragedias individuales y colectivas para obtener esa adaptabilidad que les permite desarrollar y evolucionar día a día. Entiendo por tragedias humanas aquellas por la que todos los seres humanos sufren a diario y los marcan a fuego de por vida, modificando para bien o mal lo que hace un minuto era impensado para cada uno de ellos. Ese instante, es una bisagra donde se abre un portal que nos transporta a esa transformación o giro inesperado de nuestras vidas, donde todo cambia repentinamente.
No todos los seres humanos estamos preparados para asumir esas tragedia y hacerlas impermeables al daño y el dolor que nos producen cuando las padecemos en carne propia. El sistema que impera, la lógica filosófica de ciertas líneas de pensamiento, algunas religiones o determinados manuales de aquellos que creen tener respuestas para todo indican que hay dos caminos, asumirla y cargarla como una cruz, como algo que estaba predestinado o establecido quizás por mandato divino, o intentar el desafío de destruir esa tragedia que nos marca desde que se instaló literalmente para jodernos la vida. Esa adaptabilidad a la que me refería al principio llega a su máxima expresión cuando decidimos por la segunda opción, pero más que adaptabilidad diría yo que será nuestro espíritu de lucha, empujado por una especie de energía cinética imparable, quien nos llevará a encarar semejante empresa.
Enumerar tragedias y tipificarlas es una tarea tan difícil como contar estrellas en una noche diáfana, pero unas de las peores es no conocer tu verdadera identidad, no saber el día que naciste, quiénes te engendraron, quién te parió, es sumergirse en una carcasa existencial donde el ser humano vive y se desarrolla en un laberinto gigantesco tratando de armar un rompecabezas al cual sabe que indefectiblemente le falta una pieza y que jamás podrá completar.
Es así como representamos nuestra vida, y es así como llevamos esta tragedia, vamos transitando el laberinto tratando de armar ese rompecabezas donde el pasado es la pieza clave que falta. Nada más terrible para el ser humano es no saber de dónde viene, porque nada de lo que construya tendrá cimientos ni sentido. Estamos condenados a dejar una descendencia de “nomen nescio” (sin nombre), porque nuestras lápidas se levantarán como monumentos de la mentira, de la impunidad de aquellos quienes nos arrebataron nuestra verdadera identidad de origen, en ellas estará esculpida la pieza falsa y que jamás encajará de aquel rompecabezas que representa nuestra verdadera identidad. Un triste corolario de una tragedia de vida que nos toca vivir si no intentamos hacer valer aquel derecho humano fundamental que nos arrebataron. Nunca nos pudimos defender, éramos bebes, indefensos, no podíamos hablar, elegir y nunca más pudimos volver a esa teta, a ese latido inconfundible, al cordón, a ese lazo natural e irreemplazable que nos unía a nuestra madre biológica, que hoy se representa como una figura abstracta sin definición, una sombra obscura que envuelve toda la luz que recibimos. Nosotros somos los padres fundadores de nuestra propia familia, y es a través de la imagen de nuestros hijos donde nos reflejamos y nos reconocimos por primera vez. Mi espejo no fueron mis padres, fueron mis hijos, mis nietas, pero esas imágenes siguen portando una identidad falsa, y es esa, la más perversa herencia que nos han dejado, no saber quiénes somos a partir de nosotros y en adelante nuestra descendencia.
Nunca voy a permitir argumentos de quienes intenten justificar o minimizar nuestra tragedia de vida, no hay nada que justifique tanto sufrimiento continuo y permanente en cada acto de respirar, no merecemos tanta impiedad de aquellos que no logran entender el inmenso dolor. Más que la adaptabilidad del homo sapiens que logró evolucionar a todos los avatares naturales y las provocadas por el hombre hace falta encontrar la pieza del rompecabezas para reparar la mayor tragedia de nuestras vidas, vivir desconociendo nuestro origen biológico
Dedicado a todxs los compañerxs que fueron quedando en el camino o que la muerte los encontró buscando la pieza en medio del laberinto.
Enumerar tragedias y tipificarlas es una tarea tan difícil como contar estrellas en una noche diáfana, pero unas de las peores es no conocer tu verdadera identidad, no saber el día que naciste, quiénes te engendraron, quién te parió, es sumergirse en una carcasa existencial donde el ser humano vive y se desarrolla en un laberinto gigantesco tratando de armar un rompecabezas al cual sabe que indefectiblemente le falta una pieza y que jamás podrá completar.
Es así como representamos nuestra vida, y es así como llevamos esta tragedia, vamos transitando el laberinto tratando de armar ese rompecabezas donde el pasado es la pieza clave que falta. Nada más terrible para el ser humano es no saber de dónde viene, porque nada de lo que construya tendrá cimientos ni sentido. Estamos condenados a dejar una descendencia de “nomen nescio” (sin nombre), porque nuestras lápidas se levantarán como monumentos de la mentira, de la impunidad de aquellos quienes nos arrebataron nuestra verdadera identidad de origen, en ellas estará esculpida la pieza falsa y que jamás encajará de aquel rompecabezas que representa nuestra verdadera identidad. Un triste corolario de una tragedia de vida que nos toca vivir si no intentamos hacer valer aquel derecho humano fundamental que nos arrebataron. Nunca nos pudimos defender, éramos bebes, indefensos, no podíamos hablar, elegir y nunca más pudimos volver a esa teta, a ese latido inconfundible, al cordón, a ese lazo natural e irreemplazable que nos unía a nuestra madre biológica, que hoy se representa como una figura abstracta sin definición, una sombra obscura que envuelve toda la luz que recibimos. Nosotros somos los padres fundadores de nuestra propia familia, y es a través de la imagen de nuestros hijos donde nos reflejamos y nos reconocimos por primera vez. Mi espejo no fueron mis padres, fueron mis hijos, mis nietas, pero esas imágenes siguen portando una identidad falsa, y es esa, la más perversa herencia que nos han dejado, no saber quiénes somos a partir de nosotros y en adelante nuestra descendencia.
Nunca voy a permitir argumentos de quienes intenten justificar o minimizar nuestra tragedia de vida, no hay nada que justifique tanto sufrimiento continuo y permanente en cada acto de respirar, no merecemos tanta impiedad de aquellos que no logran entender el inmenso dolor. Más que la adaptabilidad del homo sapiens que logró evolucionar a todos los avatares naturales y las provocadas por el hombre hace falta encontrar la pieza del rompecabezas para reparar la mayor tragedia de nuestras vidas, vivir desconociendo nuestro origen biológico
Dedicado a todxs los compañerxs que fueron quedando en el camino o que la muerte los encontró buscando la pieza en medio del laberinto.
NOMEN NESCIO (nacido tal día del mes de noviembre de tal mujer que podía ser de tal lugar)

Comentarios
Publicar un comentario