Muchas personas se hacen los desentendidos y se abstienen,
por error u omisión, nombrar a los actores responsables del golpe de estado de
1976. Es muy común afirmar en distintas expresiones, tanto en el ámbito político
como el civil que el golpe fue simplemente un “golpe militar”, a secas, cuando
en realidad debería decirse con todas las letras que el golpe fue CIVICO,
MILITAR Y ECLESIASTICO. Obviamente lo civil implica involucrar al poder económico
que a través de sus instituciones más emblemáticas apoyaron semejante locura.
Algo parecido sucedió cuando una gran parte del partido que
gobernó antes del golpe negó la responsabilidad de éste sobre las
desapariciones y torturas que se venían produciendo desde mucho antes. Parece
que la Triple A y el operativo Independencia perteneciesen a otro momento de la
historia. Esta situación se reparó en alguna medida cuando el ex presidente extendió
la brecha histórica de responsabilidades del 74 al 83. Esa reparación puso los
pelos de punta a los sectores más ortodoxos y derechosos del peronismo,
aquellos mismos que hoy tejen alianzas con la ex presidente, y que en un
momento coqueteaban con el actual presidente, o muchos de ellos que hoy día se
proponen como el “verdadero” peronismo, aquel que puede resolverlo todo cuando
en realidad no pudo hacerlo antes cuando tuvo la oportunidad de hacerlo.
Quizás no faltará quien opine acerca de la existencia de una
cierta tendenciosidad anti peronista en esta aclaración, pero, cuando se titula
al golpe, o cuando se analiza la represión seguida de tortura y desaparición
forzosa de personas, estas dos cuestiones no son temas coyunturales sino de
fondo, por lo tanto ambas deben ser analizadas en su real contexto y no a
medias.
Volviendo al principio, está claramente probado la
complicidad de la mayoría de la jerarquía de la iglesia, salvo honrosas
excepciones como así también la anuencia de una sociedad que recibió con beneplácito
al gobierno de facto, los mismos que hoy día añoran a los militares, solicitan más
“mano dura” , reniegan de los derechos
humanos como los responsables directos de la mayoría de los males que aquejan a
la sociedad actual como la inseguridad y otras cuestiones ligadas a luchas
sociales, los mismos que se oponen a la legalización del aborto y a cumplir con
el ESI en las escuelas, es decir , un sector variado de la sociedad que le da
lo mismo el “roban pero hacen” o “estamos mal, pero vamos bien”, ese mismo que
dice “yo no voy a una marcha porque está politizada, o en su defecto dice “yo
no participo porque termina todo politizado” y otras variantes más que es común
escuchar en boca de aquellos que opinan sin la menor intención de construir
absolutamente nada, ni comprometerse con la cosa pública como efectiva fórmula
de participación ciudadana.
Más allá de que la clase política nacional a traccionado
mucho para instalar el descreimiento en las instituciones del estado, en el imaginario
colectivo, existe al mismo tiempo un lento pero efectivo trabajo de
deconstrucción cultural que cada vez aleja más el conocimiento del argentino
para procesar el exceso de información que ofrece el mundo de hoy.
Entiendo que Información no es sinónimo de conocimiento, ya
que este último se logra a través de la formación que podamos adquirir para
procesar y tamizar toda esa información que nos llega a través de cualquier vía
de comunicación. Hoy la gente no lee lo suficiente y no investiga, se queda con
el título, simplifica, reduce, conjetura y no analiza, y si lo hace lo realiza
en base a esa escasa información que posee. Y que nunca alcanza para percibir
una realidad tan compleja.
Ese proceso de deconstrucción que menciono más arriba es el
que contribuye a generar este tipo de conciencias e instala la cultura de la
simplificación generando verdades a medias como por ejemplo que el golpe del 76
fue simplemente “un golpe militar” sin importar que ese título es parte de una
cartelera mayor donde los otros primeros actores quedaron fuera de la
marquesina que anuncia ese verdadero show de horror y muerte.

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