Voy a contar en primera persona como viví aquel 24 de Marzo de 1976 el golpe militar siendo un joven de apenas 20 años y con la cabeza puesta en otra cosa, menos en lo que hace a la cosa política.
A pesar de que en aquellos años no estaba inmerso en la militancia política recuerdo perfectamente aquel 24 de Marzo de 1976 y como viví aquel agitado y trágico tiempo de nuestra historia de ahí en adelante. Yo tenía apenas 20 años y dedicado plenamente a trabajar, salir y divertirme. Mi padre era empleado y mi madre ama de casa. Para colmo a ellos no les interesaba la política ni se hablaba de política en la mesa o en las reuniones de familia. Yo me informaba por el boca a boca de gente allegada o por lo que se comentaba a voz baja en “Vega” (punto de encuentro ineludible de la juventud en aquellos años). Creo que para ese entonces mis viejos estaban afiliados al partido radical pero más por compromiso hacia alguien en particular que por convicción ideológica.
A pesar de que en aquellos años no estaba inmerso en la militancia política recuerdo perfectamente aquel 24 de Marzo de 1976 y como viví aquel agitado y trágico tiempo de nuestra historia de ahí en adelante. Yo tenía apenas 20 años y dedicado plenamente a trabajar, salir y divertirme. Mi padre era empleado y mi madre ama de casa. Para colmo a ellos no les interesaba la política ni se hablaba de política en la mesa o en las reuniones de familia. Yo me informaba por el boca a boca de gente allegada o por lo que se comentaba a voz baja en “Vega” (punto de encuentro ineludible de la juventud en aquellos años). Creo que para ese entonces mis viejos estaban afiliados al partido radical pero más por compromiso hacia alguien en particular que por convicción ideológica.
No había empezado la facultad el año anterior porque mis
padres me dijeron que no tenían dinero para bancarme una carrera. En virtud de
esto y muchos años después mi madre de crianza me confesó que me dijeron eso
por dos razones, las cuales no eran económicas ni mucho menos, primero fue que
ella tenía pánico a que yo me cruzara con alguien parecido a mí y que pueda sospechar
acerca de mi origen biológico, y la otra razón era porque un allegado a la familia ligado al mundo castrense le
dijo “no envíes a Nomen a estudiar porque como es su personalidad seguro se va a
enganchar en alguna facción política y la cosa viene brava”.
El viejo televisor Philips con gabinete de madera, que
aquellos años transmitía con señal blanco y negro, estaba dispuesto enfrente del sillón del
living de casa. El día 24 de marzo de 1976 lo prendo y sale el escudo, busco
manualmente en todos los canales y se repetía la imagen. Me enojé porque ese
día jugaba la selección de fútbol en Europa y pensé que no lo iban a transmitir,
pero justo antes de empezar el partido salió la señal transmitiendo el partido
en directo, pero no hubo previa ni comentarios, solo la voz del relator sin
salirse del libreto futbolístico, terminó el partido y volvió el escudo, y la
particular voz que trasmitía los comunicados del estado mayor conjunto del
ejército anunciando el control del estado por parte de las tres fuerzas armadas.
Minutos antes de prender la TV no había nadie en casa pero recuerdo que llegó
mi madre que había salido a hacer unas compras y cuando me vio me dijo “volvieron
los milicos, hay un quilombo bárbaro”. Si bien había vivido la primavera
camporista y el retorno de Perón de forma muy especial celebrando las
libertades individuales después de las dictaduras posteriores al derrocamiento
de Arturo Illía, mi interés por la militancia era una materia pendiente porque la
política del momento me ofrecía muchas contradicciones y no estaba convencido a
quien seguir. A pesar de ello me gustaba mucho el discurso del “Bisonte” Oscar
Alende que en las elecciones del 73, a las cuales no llegué a votar por la
edad, fue acompañado por Horacio Sueldo en la fórmula Alende (Partido Intransigente)
–Sueldo (Partido Revolucionario Cristiano), representando éstos en lo que se dio
a llamar alianza popular revolucionaria.
Ese día, el 24, cuando papá regresó del trabajo a la noche
si se habló del tema y nos advirtió a mí y a mamá que ni mencionemos la palabra
política y que yo ande con el documento en el bolsillo las 24 horas seguidas
aunque vaya a la esquina. Semanas posteriores “Vega” y Peyton Place ya no fueron lo
mismo, se respiraba otro ambiente, las tertulias interminables de “Fatiga”
con el Flaco, Michel, los hnos. H y muchos otros
chicos y chicas más que militaban en política dejaron de ser la escenografía
habitual del lugar, los controles nocturnos eran cada vez más rígidos aquí en
la ciudad y a donde vaya. En 1977 empecé a viajar todos los días en tren a la
Capital hacer un curso en la Junta Nacional de Granos. Era muy común que el
tren se detenga en el apeadero de Bell, nos hicieran bajar y nos pidan
documentos, o en su defecto era común ver ciertos rostros “sospechosos”
repetirse en cada viaje. Una vez un señor al que conocía de vista y que siempre
viajaba a esa hora me llamó y me dijo “Hijo, no hables de política ni de
gente comprometida, en cada vagón hay un buchón al acecho, fíjate esos tipos
que están solos como el que está al fondo del vagón, los vas a ver siempre en el mismo trayecto, cuídate”.
Era “Bombón” C., un gremialista de la Fraternidad amigo de mi padre que
sabía cómo venía la mano advirtiéndome.
Para colmo de males había una desinformación y un control exhaustivo
y censor de la información periodística por parte de quienes manejaban los
medios en el país. Todo estaba minuciosamente controlado por el gobierno de
facto. A muchos nos llevó tiempo procesar lo que sucedía y darnos cuenta lo
peligroso que era vivir en aquellos tiempos. Si hubo avisos que no alcancé de
vislumbrar y que sucedieron durante 1974 y 1975 como para leer entre líneas lo
que vendría. No alcancé a tener el intelecto y la información suficiente para
procesar los sucesos que vendrían y eso me lo reprocho aún hoy día, me duele no
haber podido compartir esa preocupación.
En uno de esos viajes conocí a Marcela , una militante de Saint Peter de la JP, hija de un jornalero juntador de frutas en cuya humilde
vivienda con piso de tierra faltaban muchas cosas elementales pero sobraba
compromiso, libros e intelecto natural. Marcela era un incipiente cuadro con
quien alternaba en extensas charlas entre tantas idas y vueltas durante el rutinario
ir y venir de lunes a viernes en los vagones del Mitre. Marcela me abrió la
cabeza, me contó con lujo de detalles lo que pasó y lo que estaba pasando a mi
alrededor y a partir de allí me empezaron a caer las fichas una tras otra y a
tomar real dimensión de todo. Pero también ella sembró una semilla que luego empezaría
a dar frutos. En ningún momento me indujo abrazar sus ideas peronistas, pero si
me enseñó a respetar y a comprender al peronismo y las demás ideas como
elementos formadores. Hablar de la realidad social de la época y de política con
“la negra” fue una experiencia personal que agradezco a la vida y a ella por
todo lo que dejó aquel intercambio y formación intelectual que me proveyó con
tanta simplicidad para que sus enseñanzas, en el futuro, den frutos en una
mente juvenil y despreocupada como la mía de clara formación burguesa y desinteresada del prójimo. Ella me
mostró la dignidad que encierra la pobreza y la superación personal a través
del conocimiento más allá de nuestras posibilidades económicas que nos puede
ofrecer el acceso a obtener cierta formación. Mi visión del país y del otro ya
no fue el mismo a partir de allí, y conceptualmente entendí la gravedad y el
horror que enfrentaba toda una generación, aquella generación enamorada de los
resabios que dejó el mayo francés, el regreso de Perón y la primavera
camporista , lástima que aquellos sueños y aquellas esperanzas se vieron
frustradas a partir de mi despertar hasta nuestros días, pero aún sigo creyendo
en ciertos preceptos de aquellos cuadros que se perdieron en los centros
clandestinos y que dejaron al país sin la posibilidad de tenerlos como
constructores de algo que hoy día está más cerca de una utopía que de una
realidad tangible y superadora.

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